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MOISÉS ASÍS
(2017.07.19)
Hacía varios días que no lograba dormir hasta el mediodía, como era su costumbre. Tras beber con amigos por las noches, se acostaba tarde y los padres le dejaban preparado el desayuno cuando ambos se iban a trabajar, pero en realidad el café con crema le servía de entrante o de postre con el almuerzo.
Felipiño le decían, pero su nombre real era Mario F. Hämäläinen, una extraña combinación de nombres latinos y apellido finés, y en realidad ese apellido lo escogió el día que se juramentó como ciudadano de EE.UU. para parecer exótico. Estaba muy ofendido con sus padres y con la gente de su pueblecito en la frontera occidental de Iowa porque simplemente no lo comprendían y mucho menos lo aceptaban. ¿Dónde está ese respeto a los derechos humanos y esa tolerancia hacia las diferencias de la que tanto hablaban? En realidad, eran los pobladores de esa urbanización rural quienes odiaban a muerte a Felipiño, no solo porque se pasaba la vida despotricando en contra de Dios, las Sagradas Escrituras y los creyentes, que eran la mayoría de los habitantes, sino porque el ya adulto Felipiño nunca había trabajado un solo día en su vida, era literalmente un parásito que consumía desmesuradamente y explotaba a sus ancianos padres, gente decente y muy trabajadora, como eran los lugareños.
