(2007 cuento) ASESINATO EN LA ROSA 503

MOISÉS ASÍS

[Publicado solamente en inglés y francés
en la antología Havana Noir, editada por Achy Obejas
(Brooklyn,NY: Akashic Books,  pp. 179-189)].(La Havane Noir. Paris> Asphalte, 2007. pp. 153-163)

purple liquid poison on brown wooden surface

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¿Qué voy a hacer? ¿Qué es lo que voy a hacer?, me voy preguntando una y otra vez mientras me conducen hacia el aeropuerto. Empezaré de cero.
Tenemos un problema con usted –me había dicho el secretario de la Escuela de Derecho-, usted no puede hacer el Examen Estatal para graduarse de abogado porque hemos encontrado que usted tiene antecedentes penales. Han pasado más de veinte años, usted puede pedir la cancelación de esos antecedentes penales y entonces hacer el Examen Estatal –me dijo muy conciliador y deseoso de ayudarme. Claro que yo lo sabía, esos antecedentes penales me habían convertido en un paria, sin derecho a estudiar la carrera de mi elección y sin derecho a obtener mejor trabajo y consideración social. Durante más de veinte años estuve cargando con esa castración sociopolítica y pensé que la Universidad de La Habana nunca detectaría mi pasado si yo lo negaba.
Se ha cometido un error y ya ha sido subsanado –esta vez me responde, meses después, la asesora legal del Ministro de Justicia. Cuando usted fue juzgado ycondenado era menor de edad y por tanto nunca debió tener antecedentes penales -¿y me lo dices ahora después de décadas de ostracismo, cabrona asesora del Ministro? Pero nunca es tarde para empezar de cero, me gradúo de abogado y decido no ejercer esa profesión que no permite defender a los acusados de delitos ideológicos como pensar en voz alta o acusar a delincuentes con buen credencial político. Ni siquiera soy capaz de defenderme a mí mismo, ¿bajo qué leyes ni procedimientos? Pienso hacia atrás y me arrepiento de haber calificado mal a aquel abogado de oficio que no se molestó en defenderme cuando yo tenía diecisiete años. ¿Dónde estará? ¿Habrá caído preso por pensar sin hipocresía, se habrá autodeportado o habrá logrado envilecerse?

 

Tras dos horas de pedalear en bicicleta, sudando la vida, no encuentro mi hogar: la noche ha venido muy temprano y las estrellas se han ido de vacaciones en este novilunio de llovizna incesante. Para quien no tiene rumbo o esperanza, no hay noches más tristes que las ausentes de luna. Y por más que implore a la luna, ésta no va a asomar.

La última vez que recuerdo no distinguir el día y la noche acababa de cumplir diecisiete años y había sido encerrado en un calabozo de la policía política durante dos semanas de interrogatorio. Las pequeñas celdas tapiadas no tenían ventanas y era imposible distinguir la diferencia entre una madrugada y el mediodía más intenso. En ese entonces me quisieron reeducar para no solamente confundir el día y la noche, sino para que aprendiera que el bien y el mal eran conceptos relativos. De esa celda de nueve pies por seis pies que compartía con tres detenidos más, me sacaban frecuentemente para preguntarme acerca del delito terrible que yo había cometido: querer huir de mi país. Unos días antes el sobrecargado bote en el que pretendía remar cientos de millas se hundió en las cercanías de un puerto de pescadores apenas salimos en la noche sin luna. Nadie se enteró y no había pruebas de ese intento, pero la palabra de la policía política fue suficiente para calificar el Delito Contra la Integridad y Estabilidad de la Nación. Un tribunal militar juzgando a un civil, a un menor de edad, con un abogado de oficio que permaneció callado y temblando mientras el instructor de la policía política exponía una fantástica historia que yo no podía creer. De la sentencia de cuatro años de prisión, sólo cumplí un año en campos de trabajo, donde había también noches sin luna.

No son muy eficientes los policías o realmente están tan preocupados en resolver los problemas de miseria en sus propios hogares, que tienen ellos como cualquier cubano, que no les importa investigar efectivamente los delitos. Nunca se ocuparon de averiguar cómo murió Víctor, mi vecino de los altos en la calle La Rosa 503, el octogenario anciano que falleció tras varios días de hospitalización. Nadie quiso saber cómo fue que se golpeó tantas veces contra la pared, pero todos los vecinos oímos aquella noche, en el silencio del apagón, cómo la mulata Juana, sesenta años más joven que él, sacudía violentamente a Víctor contra la pared. Víctor y Juana se habían casado hacía pocos años para beneficio exclusivo de la joven empleada doméstica, quien repentinamente iba a heredar su apartamento y una jugosa pensión de viuda. Ahora podrían disfrutar una mejor vida Juana y los tres niños que parió estando casada con Víctor, quien vio llegar resignado uno tras otros aquellos bebés negros que no llevaban ni pizca de su DNA caucásico de padre putativo.

Todo hubiera sido más simulado si aquella noche de los golpetazos contra la pared y la subsiguiente hospitalización de Víctor, no se hubieran sentido unas fuertes patadas contra la puerta: Francisco, el amante nocturno de Juana, había llegado y no comprendía porqué la mujer no le abría la puerta.

Cada noche Francisco, un dipsómano ladronzuelo de barrio, fornicaba con Juana mientras Víctor dormía a sólo unos pasos. Una vez que Juana enviudó, Francisco se instaló en el apartamento y siguió haciendo lo único que había aprendido en su vida: robar y beber alcohol. Se habían conocido en el bar colindante con nuestro edificio, en la esquina de La Rosa y Ayestarán, un lugarcito triste donde convergían almas perdidas que llenaban sus vejigas de alcohol y las vaciaban en los escondrijos de la vecindad. Fue poco después que mi vida se hizo más miserable gracias a él y decidí que matarlo era un justificado acto de justicia por el bien de la sociedad.

Debería estar acostumbrado a estos apagones interminables, omnipresentes desde mi infancia. Si la luz del sol es una dádiva de Dios que nos ha acompañado y acompañará siempre, la luz eléctrica es también un milagro intangible que no depende de nuestra voluntad, sino de un grupo de hombres que nos dicen a diario que hay que ahorrar lo que ellos derrochan y que hacen coincidir los apagones con las horas en que son más intensas las trasmisiones radiales y televisivas de los Estados Unidos hacia la población cubana. O peor, los apagones arrecian cuando tengo necesidad de escribir o estudiar algo o cuando me visitan los amigos. Los borrachos ladrones del bar colindante siempre aprovechan esa oscuridad para hurtar cualquier cosa. Me parece que los apagones son una realidad que nos castiga siempre, a diario, desde la infancia hasta la muerte.

Lo dejaremos ir –me dice el funcionario que acaba de aprobar mi salida de Cuba-. Lo dejaremos ir porque su alma ya no está en este país, usted no piensa ni siente como nosotros. No ha madurado lo suficiente como para olvidar los ideales de la adolescencia. Usted no ha aprovechado todas las oportunidades que le hemos dado.

Muy confuso me quedé tratando de adivinar cuáles habían sido las oportunidades que yo no había retribuido con creces. Pero en este momento de alegría le agradecí telepáticamente no torturarme con una larga demora para aprobar la salida para mi familia y para mí.

La oscuridad de los apagones me persigue mientras trabajo, durante cenas, tratando de leer o de dormir bajo la caricia del sudor, o subiendo cubos repletos de agua por las escaleras, esperando en interminables colas para comprar algún alimento, haciendo el amor o durante un funeral, curando o enseñando a otros, queriendo curarme o queriendo aprender. Debería estar acostumbrado si esa es la realidad que me acompaña desde la niñez en esa Habana que desde hace mucho se recuesta en muletas.

Vivo en el clítoris del Reparto Ayestarán, levantado a mediados del siglo veinte entre la antigua barriada colonial de El Cerro y el elegante Nuevo Vedado. Así mi apartamento está en un reparto que se asemeja a una enorme vulva en el corazón de La Habana y que nace al sur, en el perineo de las intersecciones de la Calzada de Ayestarán y la Avenida de Rancho Boyeros. Al norte, ambas avenidas se distancian varias cuadras como muslos insertados en su cadera, atravesadas de este a oeste por la Avenida 20 de Mayo, paralela a La Rosa, y sede de la Biblioteca Nacional, el Ministerio de las Fuerzas Armadas, el Ministerio de Economía y otros edificios públicos.

Lo más terrible de pedalear incesantemente en la oscuridad no es la oscuridad misma ni andar sin percibir la diferencia entre la calle y el cielo, el asfalto y el contén. No es ver lo mismo al levantar la vista que al bajarla, al mirar de frente o a los lados. Lo terrible no es siquiera tener que ir muy despacio para saltar a tiempo cada vez que las ruedas de la bicicleta se van al vacío en las frecuentes zanjas, invisibles por el agua. No es tampoco perder el rumbo, sino perder la vida, si a esto se le puede llamar vida. Hace tiempo que se rumoran incidentes que los medios masivos callan: decenas de adolescentes y adultos asesinados mientras conducen sus bicicletas en las oscuras calles. Al paso del ciclista, los asesinos aguardan tras los enormes ocujes y lo golpean con bates de béisbol, o simplemente hacen caer a la víctima al tensar cuerdas de nailon entre una acera y la otra, y que oprimen brusca y violentamente su nuez de Adán antes de que los batazos le deformen el cráneo. La vida es el precio de un botín que no sobrepasa unos zapatos gastados y una bicicleta barata y obsoleta. Y claro que la policía no investiga, no le importa lo cotidiano.

Al poco tiempo de vivir juntos, comenzaron las peleas domésticas entre Juana y Francisco, que siempre terminaban con fuertes gritos y con la expulsión de Francisco, quien al parecer no robaba suficiente para mantener a la joven viuda y sus tres niños. Pronto empezaron a desaparecer los bombillos de las áreas comunes del edificio y en más de una ocasión se robaron el motor que bombea el agua a los pisos superiores. Todos sospechábamos de Francisco, y yo quise castigar al delincuente que me tenía cargando cada noche decenas de cubos de agua escaleras arriba. Francisco saldría del edificio, encontraría una botella de ron en el escondrijo donde él ocultaba los frascos con alcohol antes de subir al apartamento de Juana. Francisco se tomaría irresistiblemente un buche de ron y, un rato después tendría vómitos, convulsiones, extendería involuntariamente al máximo sus brazos y piernas, para terminar con un colapso cardiaco y respiratorio. El monofluoroacetato de sodio, también conocido como Compound 1080, es soluble en agua, incoloro, no tiene olor ni sabor. El destino de Francisco está sellado.

Estoy dando vueltas y vueltas sobre los charcos y no logro encontrar mi hogar. ¡Si hubiera al menos una estrella que me guíe! Allá a lo lejos veo un edificio muy iluminado, el Palacio de la Revolución. Ya puedo orientarme: voy en sentido contrario, doblo a la derecha, sigo recto. Pronto siento que he caído en un precipicio, no hay asfalto sino un vacío enorme y nos impactamos la bicicleta y yo en unas rocas allá en lo profundo. ¿Alguien podrá verme u oírme aquí?

Una vez me sentí así durante un Yom Kippur. Había comenzado a ayunar involuntariamente mucho antes de lo establecido por los preceptos religiosos, y ¿cómo evitarlo? Caminé y caminé hasta la sinagoga, agotado, alucinado no por el incipiente ayuno, sino porque mi cuerpo no lograba entender la diferencia entre un día y los demás. Vi la sinagoga llena de cientos de personas bien vestidas, y hasta me imaginé en sueños que yo era un dibbuk que poseía sexualmente a una hermosa muchacha que nunca había visto antes. ¡Qué pensamientos terribles para un Día de Expiación! Pero de pronto abrí los ojos extasiado por la voz de un chazzan que alcanzaba al cielo con la más impresionante melodía y lírica: Kol Nidre’…ve’esare’… vecherame’… vekoname’… Dejo de escuchar la melodía abruptamente cuando alguien me pide permiso para pasar y sentarse a mi lado. Es entonces que abro los ojos y veo que la sinagoga está casi vacía, sólo siete personas han asistido a los servicios religiosos, no hay chazzan, no hay ni habrá Kol Nidre, esa muchacha y esos cientos de personas viven desde hace muchos años en el extranjero y quién sabe si hasta han fallecido.

Si la fosa está realmente cerca de donde vivo, debo oír la voz de Quimbolo, mi vecino más cercano. Quimbolo es el único cubano que tiene el privilegio de gritar improperios contra el gobernante absoluto sin que nadie haya pensado jamás en encarcelarlo por el resto de su vida. Quimbolo se llama realmente Everardo y sufre de retraso mental, deambula muy sucio por las calles y repite el rico léxico de malas palabras que algunos bribones le han enseñado. Nunca he escuchado a alguien gritar ¡pinga! con tanta estridencia, fuerza, sonoridad, ¡ping………a!, alargando a su antojo las consonantes para pronunciar la “a” en medio del olvido; recuerdo oír la palabra tantas veces en la oscuridad y al amanecer, como un grito de guerra. Durante muchos años, ningún niño a tres cuadras a la redonda aprendió a hablar diciendo Papá o Mamá sino que repitieron de Quimbolo su primera palabra. Un día Quimbolo enfermó de diabetes, se le ensuciaron las piernas ulcerosas y murió amputado y septicémico, privando al vecindario de su más obsceno declamador.

¡Parece que le dio un infarto, corran y llamen a una ambulancia o a un médico! ¿Qué no hay médicos en el policlínico? ¡El hombre está muerto! –vocifera la gente alrededor del cadáver de Francisco-. Ya nunca nadie se robará los bombillos de las escaleras del edificio ni el motor de bombeo de agua. No tendremos más robos en el edificio. Un ladrón menos…

No tengo miedo salir de la fosa en medio de la calle. Esta enorme trinchera debe ser el agujero que está en la esquina de la Calzada de Ayestarán y la calle Lombillo, frente a la farmacia destartalada y sus anaqueles vacíos, así que estoy solamente a una cuadra de mi hogar. Gateo por las rocas y creo que he salido a la superficie, palpo a mi alrededor piedras sueltas sobre una superficie que debe ser asfalto mojado. No se divisa a lo lejos ninguna guagua o carro que me alumbre y que pudiera atropellarme; las bicicletas pasan distantes. Gateo y trepo con mi bicicleta quebrada, las llantas dañadas. Ya quedan sólo tres pisos a subir a tientas… más escalones… un descanso, doce escalones… otro descanso. Cuidado de no golpear los restos de la bicicleta contra las puertas de los vecinos. ¡Angosta que está esta escalera! Coloco la llave a la altura de mi ombligo y es más fácil hallar la cerradura.

Mucho más difícil fue encontrar la llave para graduarme de abogado. Había sido un sacrificio muy grande estudiar por las madrugadas, después de cada apagón, venciendo el sueño con té amargo muy abundante.

Desde el balcón los edificios a mi alrededor y la calle y el cielo se ven hermosos, negros como un gran océano de tinta. Así veo mi futuro y el de mi familia. ¿Por qué no buscar un poco de luz aunque no sea tan temprano en la vida?

En los meses siguientes las calles siguieron llenas de cráteres, oscurísimas en las noches, inundadas de basura, malolientes. La gente siguió con la mirada vacía caminando sin dirección, descansando de cola en cola, de frustración en frustración.

Los perros y gatos callejeros estuvieron a punto de extinción desde que los adolescentes descubrieron que su carne es comestible, y sólo deambulaban los más famélicos arrastrando su propia pelambre desgajada de la dermis, mientras las mascotas domésticas fueron abandonadas a su destino. Una muchacha se desmaya a mi lado en la guagua, otra mujer cae desplomada una mañana en la acera mientras miro desde mi balcón. Me cuentan de una anciana que se suicidó al no resistir el llanto de su pequeño nieto que pedía otro pedazo de pan, al tiempo que la radio anunciaba que somos el pueblo mejor alimentado del mundo, con menor mortalidad infantil y mayor esperanza de vida. Mis amigos y conocidos están muriendo repentinamente a edad muy temprana. Qué suerte tenemos de no vivir en otro país –me dice mi hijita mientras ve por televisión las imágenes espantosas del resto de la humanidad. No puedo creer que estoy viendo a dos hombres sumergidos en un contenedor escarbando la basura fermentada y previamente degustada por una miríada de moscas. ¿Por qué la tierra tan fértil de este país es tan estéril? ¿Por qué las mujeres no quieren parir y los jóvenes no quieren vivir? ¿Qué hace a la gente apoyar eufórica todo aquello que odia, pensar contra sí misma, sentir gozo en cavarles tumbas de desesperanza a sus nietos?

El monofluoroacetato de sodio es infalible. Su fórmula química es CH2F-COON y he leído que menos de una centésima de cucharadita es suficiente para matar a un degenerado como Francisco. ¿Y si la policía realiza una autopsia? No lo creo, hay muy pocos médicos trabajando en el país, la mayoría está contratada en Venezuela y otros países, y los médicos que quedan están tan atiborrados de trabajo que cualquiera de ellos habrá diagnosticado muerte súbita por infarto y no gastarán tiempo y recursos en una autopsia. He leído que este veneno interrumpe el ciclo de Krebs, que es la transformación del ácido cítrico en el cuerpo. El veneno se convierte en fluorocitrato, hace que el citrato se acumule en la sangre y que las células no tengan energía. La muerte celular es lenta y dolorosa. La policía no va a perder el tiempo averiguando si un tipejo como Francisco murió de un infarto o de un par de gotas de monofluoroacetato de sodio. La policía tiene especialistas muy calificados trabajando para ellos y médicos forenses que pueden detectar los rastros de veneno en el hígado, el cerebro, los riñones, el cabello. ¿Y si el técnico de la morgue extrajo el hígado y otras vísceras de Francisco y las vendió en el mercado negro como hígado y vísceras de res? ¿Habrán muerto otras familias, niños incluso, envenenadas por los residuos de 1080 en esas vísceras? Tiene una expresión amenazante el policía que me pide los documentos, el pasaporte. Detrás de mí se cierra para siempre la puerta automática de enormes vidrios.

El destello de las luces me enceguece. Hacía mucho que no veía tanta iluminación artificial. Los pasillos del aeropuerto parecen hermosísimos pese a que no tienen más adorno que su limpieza y perfume. Camino. Ando rápido para que las puertas no se cierren nuevamente. Corro encima de las escaleras rodantes hasta que llego a la vidriera que me separa de aquel hombre de mirada inquisitiva pero apática. Sus documentos están bien todos, pero usted no puede ser completamente admitido en los EE.UU. hasta que no demuestre que su alma vino con usted; su cuerpo está ya aquí, pero usted dejó su alma en Cuba- me dice fríamente el oficial de Inmigración en el Aeropuerto Internacional de Miami. ¿Qué va a hacer?

¿Qué voy a hacer? ¿Qué es lo que voy a hacer?, me voy preguntando una y otra vez mientras camino fuera del aeropuerto. Empezaré de cero, eso es, convertiré las esperanzas en una nueva alma mientras recupero aquella alma perdida que aquí dicen que dejé en La Habana y que en La Habana afirman que mudé aquí. Que otro se encargue de matar al ladronzuelo de La Rosa 503: yo nunca pude conseguir ni dos gotas de monofluoroacetato de sodio, y jamás tendría motivación para matar a otro ser humano. Quizás no me habrían descubierto, pero me alegro de que el delincuente Francisco siga vivo y que aún tenga esperanza de rectificar su camino. Yo aquí, lejos de Cuba, a partir de mi propia esperanza reconstruiré mi alma. Esperanza que sólo germina donde pueda haber luz.

 

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